sábado, agosto 24, 2019
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Una radióloga adoptó al bebé prematuro que atendió en el hospital

Una radióloga adoptó al bebé prematuro que atendió en el hospital en tendencias

Fue una tarde de mediados de abril, en la terapia intensiva del Hospital Santojanni. Entre cables, cánulas y camisolines, Juanchi se tranquilizó sobre el pecho de Andrea. Tenía 15 días de vida. Había nacido con parálisis cerebral después de un parto traumático en su semana 29 de gestación y con un peso de 1040 kilogramos.

Su madre biológica se había ido al día siguiente de parirlo, mientras él sobrevivía. Eso le contaron las enfermeras a Andrea, que es técnica radióloga, y ese día llegó a la terapia intensiva sin saber que Juanchi no sería un paciente más. «Entré a hacerle la placa y se movía mucho. Le pusimos las manitos adentro de la ropa y logramos estabilizarlo. Cuando supe su historia, quise alzarlo un ratito. Entonces se quedó dormido sobre mi pecho y me compró», relata Andrea Ferrari Zapatero, de 37 años, que en ese entonces no pensaba ni un poco en ser madre.

Cuatro años después de haber conocido a quien hoy es su hijo, en una mesa del bar de la Asociación Patriótica Italiana, Andrea repasa la historia de un amor impensado. Todo mientras Juanchi, que está tan gordito como sonriente, toma la clase del Circo Sentipensante para mejorar su motricidad. «Estaba soltera, vivía en Villa Luro y había estudiado radiología para aplicarlo a la veterinaria. Por una cosa o por otra, había terminado trabajando en el Hospital», recuerda.

Y vuelve a enfocarse en la historia que además compartió en @nuestropieizquierdo, la cuenta de Instagram con anécdotas inspiradoras sobre personas con parálisis cerebral. Como fuera, Andrea empezó a visitar a Juanchi un ratito todas las tardes. «Era un bebé que no tenía a nadie. Las enfermeras hacían mucho por él, pero había un montón de internados», cuenta sobre ese recién nacido que cada tanto sufría un paro respiratorio, pero lograba sobrevivir.

Después de tres meses de pelearla en terapia intensiva, Juanchi pasó a intermedia donde Andrea pudo tener más contacto con él. «Le pasaba la leche con jeringa y lo cambiaba. Además, lloró conmigo por primera vez. Todo un hito. Tenía cuatro meses de vida y no había llorado nunca», recuerda.

Un hogar en Avellaneda

Después de seis meses internado, a Juanchi le dieron el alta en el Santojanni y, como su caso estaba judicializado, se fue a un hogar en Avellaneda. Andrea insistió hasta averiguar dónde estaba y para verlo se anotó como Referente Afectivo en el programa Abrazar del Gobierno de la Ciudad. Lo visitaba tres veces por semana.

Y cuando Juanchi llevaba dos meses en el hogar apareció una pareja de posibles adoptantes. «Todos juntos fuimos a una consulta con el neurólogo para ver si lo adoptaban. El gordo no cerraba los ojos cuando le aplaudían, ni respondía a varios los estímulos -cuenta Andrea-. El médico aseguró, entre otras cosas, que no iba a oír, ni ver. Entonces los adoptantes no lo quisieron. Dijeron que para ellos era demasiado… Yo lo amaba. Quería su bien. Me gustaba que pudiera encontrar una familia. Pero en ese momento pensé: ‘¿Y si nadie lo quiere?’. Entonces me animé a intentarlo».

Después de varios meses con una sonda para alimentarse, ahora Juanchi solo necesita mejorar la deglución y el lenguaje Después de varios meses con una sonda para alimentarse, ahora Juanchi solo necesita mejorar la deglución y el lenguaje Fuente: LA NACION – Crédito: Victoria Gesualdi/AFV
¿Su único temor? «Era no poder darle todo, ¡no que tuviera una discapacidad!»

Así fue como, después de hablarlo con su psicóloga y asesorada por una abogada, en febrero de 2016 Andrea se presentó en el Juzgado a manifestar su deseo de adoptar a Juanchi y entregó un escrito solicitando guarda. Se la otorgaron en agosto de ese mismo año, pero sin fines de adopción. Entonces pudo llevárselo a su casa, mientras el Juzgado seguía analizando posibles adoptantes. «Estaba muerta de miedo. Tenía que atravesar muchos procesos y estaba fuera de la Ley de Adopción por haber sido previamente Referente Afectivo. Tenía todas las de perder: alquilaba y era soltera», revela Andrea.

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En marzo de 2017 pidió la guarda con fines de adopción. Era consciente de que podían negársela y sacarle definitivamente a Juanchi.

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Sin embargo, en octubre, cuando Andrea rezaba para que le otorgaran la guarda preadoptiva, la llamaron del juzgado para decirle que tenía la adopción. «Yo no entendía. ‘Ya está. Vamos a festejar’, me dijo la secretaria del juzgado. Cuando veo el escrito, la tutora legal, que era muy estricta, había puesto que considerando el tiempo que yo había cuidado de Juanchi, no hacía falta la preadoptiva. Pero además [y se pone a llorar mientras lo cuenta] ordenaba que a Juanchi le pusieran inmediatamente mi apellido: Ferrari Zapatero», recuerda.

Una concatenación de buenas voluntades, basadas en un artículo: el bien superior del niño de la Ley 26.061.

Andrea había nacido sietemesina, con un peso menor a dos kilos. Y, al igual que su hijo, también tuvo un paro cardiorespiratorio después del parto. No solo eso: tenía cinco meses y medio de vida cuando su padre falleció. «Si yo no nacía dos meses antes, mi papá no me hubiera conocido. Cuando le descubrieron el cáncer ya tenía metástasis y estaba muy mal», dice, convencida de que hay un destino.

«Mi mamá se hizo cargo de mí y de mis hermanos. La ayudaron los tíos, pero ella nos sacó adelante», apunta esta chica criada entre Monte Castro y Villa Devoto. «Tiene mucho que ver con la mamá que soy. Es mi ejemplo. Me dio los valores. Además, me bancó en esta decisión, al igual que el resto de mi familia y amigos. Tengo una red de contención».

Salir adelante

Hoy Juanchi va al jardín jornada completa, sin maestra integradora. Después de años de estimulación temprana y de varios meses con una sonda para alimentarse (no tenía reflejo de succión), ahora solo necesita mejorar la deglución y el lenguaje con una fonoaudióloga. Además de ir a clases de circo, va a un taller de música. Y como si fuera poco, duerme en su cama y tiene rutinas, mientras su madre trabaja en el Hospital Vélez Sarsfield.

«Salió adelante porque siempre tuvo muchas ganas de vivir. Además, lo atendieron muy buenos médicos, y en el hogar donde vivió nunca dejaron de estimularlo. Todo a pesar de un diagnóstico neurológico devastador. Cada tanto lo llevo a visitar al neonatólogo que lo vio nacer y ¡no lo puede creer!», dice Andrea.

Sobre la madre biológica de su hijo no tiene datos. Pero no será un secreto. «Le iré contando su historia a medida que vaya preguntando. Es su identidad. Sin miedos. Porque la sangre no te hace familia. Nosotros nos adoptamos. Él me eligió a mí y yo a él. De hecho, siempre la tuvo clarísima: se agarró de mí cuando lo puse en mi pecho», dice Andrea.

Andrea cree que las leyes de adopción tienen que avanzar en este sentido. «El otro día me contaron de un papá soltero y gay que adoptó a una chiquita con Síndrome de Down después de que la rechazaran 20 parejas convencionales. ¿Por qué hay que esperar tanto?», se pregunta. Y estira el brazo para mostrar uno de sus tatuajes. «Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos», dice la frase de Julio Cortázar, que Andrea eligió para celebrar su propia su maternidad y la vida de su hijo.

Fuente: La Naciòn




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