Sociedad

La epidemia llega a Ramallo




Escritos de lectores:

  • Apurate, Hilario! Vení conmigo, carajo!! 

El grito se oyó fuerte, retumbó en las barrancas y se perdió en las inquietas aguas del río Paraná 

El tal Hilario, sorprendido, levantó la mirada, reconoció a quién le había gritado, esperó a que su caballo terminara de tomar agua, lo montó y repechó hacia arriba en dirección al paisano inquieto que aguardaba.

  • Pero si es el “dotorcito”…. dijo sonriendo socarronamente

Un joven fornido, espigado, sin sombrero, lo miraba ceñudo montado en un brioso alazán.

  • Sabes que no me gusta que me digan así, Hilario…. Yo no soy médico!!!!
  • Sin embargo, nadie sabe más que vos de medicina en el Pago de las Hermanas, Prudencio. Para el gauchaje, vos sos el “dotorcito”.
  • Doble error, Hilario. Vivimos en 1871, esta comarca hace seis o siete años que se llama Partido de Ramallo, aunque sea solo campo, no haya ni un misero pueblo y solo tengamos un pequeño puerto en la desembocadura del arroyo Las Hermanas. Aunque no falta mucho para que se funde un poblado. Por lo menos así dice el Juez de Paz, Don Zapiola.
    Y segundo, no soy médico ni practicante, ni nada. Sólo aprendí por necesidad, de corajudo nomás, cuando ayudé en la peste de cólera en San Nicolás de 1867 al Dr Furst (que Dios lo tenga en la gloria) y al Dr Marcelino Díaz Herrera, amigo de mi tata. Allí aprendí lo que sé. Nunca viví algo tan triste y espantoso, paisano. Se lo juro por la Virgencita….
  • Lo sé, Prudencio, lo sé…. Dijo comprensivo el joven criollo.
  • ¿A qué viene tanto grito entonces?, preguntó 
  • Vengo de parte del comisario. El juez Zapiola convocó urgente a todos los hombres que podamos reunir para defendernos de una amenaza. Así que pensé en vos para que nos acompañes, explicó Prudencio.
  • ¿Cómo? 
  • Mira, en Buenos Aires se desató una terrible epidemia de fiebre amarilla, al terminar la Guerra del Paraguay. Es espantosa la situación, la gente escapa y busca lugares para refugiarse sin decir que está enferma. Hay capitanes de barcos sin escrúpulos, que por mucho dinero los engañan diciendo que los sacarán y los ubicarán en lugares donde nadie sabe nada y podrán desembarcar sin problemas. Y la pobre gente, enferma y desesperada, paga lo que sea y huye.
    Llegó un mensajero de San Pedro, a todo galope, para avisar a Don Zapiola que un barco cargado de enfermos quiso atracar allá, pero no lo dejaron y siguió viaje río arriba.
    Parece que los quieren bajar en el puerto de Las Hermanas. Así que nos pidió que juntáramos hombres para impedir el desembarco y mantener a nuestra tierra libre de la peste.

Hilario permaneció pensativo.

  • Pobre gente, dijo al rato.
  • Tenés razón, pero debemos pensar en nosotros primero. No me hagas contarte de nuevo lo que viví en San Nicolás en la epidemia de cólera, argumentó apesadumbrado Prudencio.
    Y así al galope, los dos paisanos se fueron acercando al puerto ubicado desde hacía muchos años en la desembocadura del Arroyo Las Hermanas.
    A unos doscientos metros un jinete montado en un magnifico tobiano, con amplio chambergo negro y una carabina en su mano derecha, salió a su encuentro.
  • Gracias muchachos, los estábamos esperando dijo a manera de saludo el jinete.
  • No le íbamos a fallar, Don Zapiola, contestó con altivez Prudencio.
    Los recién llegados se unieron al grupo. Serían más o menos cincuenta o sesenta hombres, algunos bien armados y otros, más humildes, sólo con lazos y facones.
    Don Benjamín Zapiola , Juez de Paz de Ramallo, encabezó el trote sostenido de su tropa heterogénea hasta el puerto.
    Un barco llamado “Cisne” se balanceaba en las aguas. Por una ancha tabla descendían hombres y mujeres con equipajes, mientras que en tierra firme un par de marineros y un oficial de gorra azul vigilaban el lugar.
    La llegada de la tropa los alarmó. Un marinero sacó una pistola de su cintura y miró desafiante a los recién llegados.
  • Alto! Gritó el de la gorra azul 
  • ¿Qué buscan aquí los señores? Preguntó con un dejo de preocupación en su voz. 
  • Soy el Juez de Paz de este lugar, gritó Don Zapiola levantando el mentón, y venimos a impedir que este barco atraque aquí. Estamos bajo la ley marcial por la epidemia y yo soy la autoridad!!! Remarcó enérgico el hombre de chambergo negro, mientras que a su lado cinco o seis paisanos apuntaban con fusiles y trabucos a los marineros y pasajeros que, atónitos, contemplaban la escena.
  • No están autorizados a desembarcar, capitán dijo el juez Zapiola mirando fijamente al hombre de gorra azul.
    El marino calibró la situación. Estaba en franca desventaja numérica y de armamento. Trató de ser persuasivo.
  • Su excelencia, usted verá, sólo transportamos pasajeros que vienen a radicarse a San Nicolás. Pensamos que desde este pequeño puerto sería más fácil llegar por tierra, dado que el puerto de San Nicolás está en reparaciones.
  • Los puertos del río Paraná están cerrados por orden del Gobernador de la Provincia de Bs As, señor. Todos. Y usted lo debería saber capitán!
  • ¿No habrá forma de arreglar este malentendido, señor? Propuso con ironía el capitán del “Cisne”.
  • Ninguna, señor. Embarque nuevamente a su gente y vuelvan a Bs As.
    Los pasajeros empezaron a protestar. Algunos de ellos comenzaron a increpar al capitán. Uno de los marineros sacó un cuchillo de hoja ancha y aplicó un planazo en el hombro del pasajero más indignado. En eso, se escucharon estampidos. Todos se paralizaron. De algunos fusiles de los paisanos montados subía una fina columna de humo. Los disparos habían sido al aire. Pero su efecto intimidatorio dio resultado inmediato.

Sin decir palabra, el capitán y los marineros hicieron subir a ese grupo de desesperados de nuevo al barco, levantaron la planchada y lentamente dirigieron la nave al medio del río.
Minutos después, el “Cisne” y su atribulado cargamento humano, navegaban río abajo. 

  • Misión cumplida!!! Gritó Don Zapiola y un griterío enfervorizado de la paisanada le respondió.
    Camino a sus ranchos, ubicados sobre la barranca, Hilario y Prudencio, contemplaban el sol que empezaba a ponerse sobre el horizonte.
  • Ha sido un buen trabajo, Hilario… pasarán muchos años hasta que la peste llegue a Ramallo. Seguramente ni vos ni yo la vamos a ver….
Escrito por Roberto Filpo.
Foto ilustrativa: mapa provincial 1880.




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