lunes, noviembre 11, 2019
Política

¿Porque parece que siempre votamos mal?

Cristinismo: necios por decisión

Con la mentira de las cifras oficiales, o la ausencia de ellas para no manchar aquel presente, al Kirchnerismo le llegó su, por lo menos, primer vencimiento al ya no poder tapar el 30% de inflación que galopaba en la realidad cotidiana de los argentinos. Ciegos por decisión para con cualquier tipo de crítica a su modelo económico infalible, el Cristinismo no quiso ver ni enfrentar el problema, ya en 2012, cuando había tiempo para rectificar y hacer “ajuste fino”. Obnubilados por el auto relato, el Cristinismo del segundo mandato quedó atrapado en su cuento de hadas, cada vez más alejado del electorado, y desperdiciando el margen de maniobra que tenían para acomodar el descalabro económico que agravaba lento y sin pausa.
Pero la seducción de ver el país que la tropa imaginaba y la jefa presentaba desde Harvard, era irresistible. “Si tuviéramos un 25% de inflación, la argentina hubiera volado por el aire”, vociferaba en 2012 Cristina, en la universidad norteamericana.

De las más inteligentes mandatarias que haya ocupado el sillón de Rivadavia, no fue ajena a la factura que llega tras la fiesta. Estoy convencido que ningún político entiende que más tarde o más temprano, la fiesta se termina y hay que pagar el costo. Por supuesto, no la Dama sino el pueblo.

Pasar la barrera del 30% de inflación anual, encorsetar el dólar y prohibir la importación, incluso de medicina y elementos de salud imprescindibles para la vida, dió por tierra con todo lo bueno que se había logrado. Y el 54% se esfumó, junto con su discurso prepotente e intolerante, abriendo la puerta a lo impensado, a que Macri, con un partido político inexistente, y una trayectoria en una intendencia, llegara al poder.

La UCR: lenta por naturaleza

El centenario partido político, ni siquiera advirtió lo que estaba pasando y menos aún, lo que estaban propiciando. Pero también la seducción de volver a ganar como en 1999, los cegó.

Aliarse con quien no se comparten profundos valores, no es buena idea. Lo hemos visto mil veces, y siempre sale mal. Es una mala receta, siempre.

En 1997 fue el FREPASO, un desprendimiento de un peronismo más racional, sensible y más intransigente, que se había jugado y abandonado la adulación al reinado de Carlos, el que selló un acuerdo con el Radicalismo entre otros partidos, para construir una alianza política de centro izquierda, prometedora y posible.

Lo inherentemente bueno de los partidos políticos, su representatividad devenida del poder de las bases, quedó en tela de juicio, ya que al formar una alianza que dirimiría a su líder en elecciones internas, el partido “grandote” es quien gana. Es una cuestión de matemáticas, no de pericia. Aquella contienda puso a Chacho Álvarez en segundo lugar y el Radicalismo aportó su mejor hombre (o el que más votos conquistó en la interna radical) De La Rua.

La UCR nunca fue capaz de prever consecuencias. Aún no ha aprendido.

Con las mejores intenciones, y aunque nadie estaba conforme del todo con el líder con menos carisma en la historia, y sobre todo teniendo infinidad de hombres mucho mejores en el Radicalismo, la meta era sacar el Menemismo del mapa. Y así nos fue. Receta equivocada que terminó mal.

El límite es Macri

Sobre fines de 2014, lo que sólo pertenecía al campo de la Fantasía, el humor o la ciencia ficción, se convirtió en realidad. Era verdad, literalmente existían cero posibilidades que un apellido de los que habían hecho los más grandes negocios en la década del 90 junto con lo peor del peronismo más oportunista y traidor, el menemismo, alguien como un “Macri”, pudiera hacerse con el gobierno nacional, y menos de la mano de un radicalismo opositor a ultranza. Lo era. era imposible que sucediera, hasta que sucedió.

“Mi límite es Macri” aseguraba Carrió, uno de los animales políticos más fuertes fuera del peronismo. Y era un discurso lógico y respetable, ya que no se podía ganar acompañado de nadie que tras su máscara, ocultaba las formas menemistas de acción y de pensamiento. O por lo menos eso dictaba los principios de la Unión Cívica Radical. La poderosa constructora de frentes políticos progresistas, líder, astuta e inteligente como pocos, cumplió su cometido y le ganó la apuesta al Kirchnerismo “a como diera lugar”. Y es justo acá, donde se vuelve a perder la apuesta. “Como sea”… “con quien traccione votos”… aquí es cuando se dan los pasos en falso, cuando nos traicionamos para llegar, a cualquier costo. Carrió traicionar su propio “límite”, y esto no es buena señal para ninguna sociedad, y mucho menos es la receta adecuada para gobernar un país. aunque en el momento sirva para “castigar” con el voto.

El cómo, no importó a la hora de llegar. Carrió, Morales y Sanz, todas serios políticos, honestos y de carrera, unieron sus fuerzas ungiendo al empresario para “parir” una argentina muy diferente. Carrió, con los radicales de la mano izquierda y los Macristas de la mano derecha, entraron en la historia como la promesa superadora que terminaría con el Cristinismo. Un pacto con Macri, en estas circunstancias era viable. Otra vez, receta equivocada. Y seguimos sin aprender.

El peronismo: un camaleón incorregible

Tal como Menem había prostituido al peronismo hasta sus huesos en los 90, asociándose a las recetas económicas de Alsogaray y Martínez de Hoz, ahí estaba el descarriado radicalismo, que orgánicamente se encolumnó detrás de Macri sin hacer preguntas, y como único salvavidas de plomo para volver al poder.

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La UCR siendo el peso pesado entre ambas partidos, se prestó para dar estructura al recién nacido “cambiemos”, ubicándose solo como garante de un socio al que no conocía, Macri, un socio al que nunca había tolerado por historia y por principios, y cerrando un acuerdo que ni siquiera le otorgaría una porción de poder real al propio radicalismo. El objetivo era sacar al que estaba.

La jugada maestra

Hace 15 minutos, cuando no había horizonte electoral, cuando sólo existía una Cristina que no pasaría el 30%, un Macri aplastado por los problemas creados sobre los heredados, que tampoco lograría más de un 30% de la aprobación electoral, y, con una dirigencia alternativa llena de egos propios, todos incapaces de estructurar un plan de rescate para el país, la más inteligente de todos, la arquitecta egipcia realizó su inesperada e increíble jugada maestra, colocándose en segundo lugar para mantener su 30% y permitir a su nuevo ungido, sumar apoyos.

Un moderado Kirchnerista, y opositor a la propia Cristina en su último gobierno, aceptó el honor de la candidatura, y Alberto comenzó su trabajo de unión política con partidos menores, facciones opuestas, empaquetando a opositores como Massa junto a los tradicionales aduladores de Cristina, a Carta Abierta, a Donda, a los chavistas de extrema y a los peronistas republicanos, a vertientes liberales, comunistas, ortodoxos y heterodoxos, a economistas modernos y abiertos, mezclados con movimientos sociales.

Nadie más podía conquistar semejante arco. Y ahora todos están en el mismo combo, posibilitando que LOS FERNANDEZ superen el 45%, y tal vez puedan desterrar a Macri del mapa.

La magistral movida dio un resultado tan contundente. La onda expansiva de las PASO dejaron en evidencia la diferencia entre la percepción de la realidad observada desde la política, con la realidad medida desde el punto de vista de la gente. Politólogos y encuestadores trataron de explicar el día después, lo que para la sociedad era obvio, lo que el Macrismo aún no parece entender, aunque se canse de decir que lo ha hecho: este ahogamiento de la clase media y baja, es simplemente intolerable. Es un costo que el votante no quiere pagar de su bolsillo. Y está dispuesto a cambiar de candidato, de partido, de ideología o lo que sea, con la fe puesta en que no continuará pagando el costo del actual desastre.

La era del Albertismo

“Cristina, Yo, y todo el frente de todos, somos los mismo, y no hay lugar para el albertismo” se adelantó a aseverar Fernandez. Pero nada está más lejos de la realidad. No es lo mismo un moderado como Alberto Fernández, que Cristina y su despótica actitud, su impulsividad e intolerancia. El electorado ya condenó su prepotencia, su plan económico, sus fascinación por la actual Venezuela de Maduro. Y esta bien que para la tropa, se muestre igual que la ex jefa, pero no tendrá margen para “ser” ella. la cuota de apoyos conquistados, tienen condiciones: respeto, paz, tolerancia, sinceridad, superación, capacidad de oír, capacidad de diálogo…

Los argentinos aprendimos que “NO” queremos. Y votamos en consecuencia. Pero queda la duda si hemos aprendido a decidir correctamente lo que “si” queremos.

Si continuo con mi lógica, debo guardar mi esperanza por un tiempo, ya que este nuevo Albertismo, nace de la receta vieja, de la receta equivocada. Se parece a cualquier otra unión de socios que no piensan igual, de principios y horizontes diferentes. Y esto, en todos los casos anteriores, sin excepciones, siempre salió mal.

Alberto no busca el país que idolatra Cristina. Y lo demostró cuando se apartó de ella para ser uno de sus más ferviente opositores. La Cámpora confiada en que la ex-jefa será quien mande, no vuelve para cambiar e ir hacia un país abierto, con oportunidades, lazos con el mundo y que genere prosperidad, vuelven por la revolución y el revisionismo histórico. Pero el voto a Alberto está apoyado en la esperanza que sea fiel a sí mismo.

Ya qué no hay a la vista planes concretos, propuestas ni ideas, solo nos queda especular y poner las esperanzas en las personas.

Tal vez algo puede salvarnos, y es la coherencia del gobernante, el sentido común de sus medidas. La toma de conciencia real de los problemas de la gente, las oportunidades que faltan como los planes que sobran, la apertura y predisposición para con la oposición, y el compromiso por trabajar para todos los sectores. No queda margen para que el país sea dirigido autoritariamente como lo hizo Cristina, ni alejado de la sociedad como lo hizo Macri.
Alberto Fernández seguramente será el próximo presidente, pero si este frente no es “de todos” como aseguran, si solo busca evitarle las rejas a Cristina y jubilar a Macri, será otra frustración. Otra vez habremos elegido repetir la misma historia. Y la receta terminará como todas las anteriores: mal.

Si aunque solo fuera por error, y acertamos en elegir a alguien con valores coincidentes con los que definen a la mayoría de los argentinos, y no los que definen a una tropa propia, tal vez haya un horizonte mejor. Tal vez el Albertismo prefiera gobernar para todos los argentinos y pueda prescindir de los talibanes. En ese rarísimo caso, Fernández contaría con un apoyo masivo y una legitimidad, más allá de lo electoral, un apoyo del país que quiere un gobierno sano, vivir en paz, trabajar, disfrutar el presente, contar con futuro y oportunidades. Y para esto, Alberto deberá ser el verdadero presidente, y no solo un oportuno acuerdo electoral.

El calendario fue publicado en el Boletíng Oficial y lleva la firma del presidente Mauricio…