Opinión

Otro 7 de junio, hablemos de periodismo

Por Tato Cervella.

Hablemos de periodismo, hablemos de la profesión un ratito. Cinco minutos nada más. Durante más de 15 años uno viene viviendo de esta profesión, aprendiendo, capacitándose, buscando un estilo, una carrera, para trazar un camino que deje una huella en lo que uno hace, dice, escribe, piensa y reflexiona.

Horas pensando una sola palabra, para que se ajuste a la idea que se quiere contar, o los hechos a interpretar. Leyendo mucho, sí. Porque la lectura es la fuente del buen periodismo.

No es solo cuestión de sentarse y hablarle a un micrófono. Eso es lo más fácil, lo más cómodo. Lo difícil es generar un vínculo de confianza, entre el conductor y su oyente. Donde del otro lado está usted, esperando cada mañana para ver que decimos, como lo decimos.

Pero Ramallo me costó. Trabajar acá me costó. Estuve al frente de grandes medios, grandes programas, trabajando con figuras del periodismo, que son maestros, de esos que hacen de esta profesión un juego de niños. Pero acá sí que me costó.

Reconozco que hay grandes colegas, grandes periodistas que valen su peso en oro. Que son educados, son coherentes, precisos, profesionales y dedicados. Pero hay otros que no.

Hay un sector, minúsculo, intrascendente, simple y vulgar, que deshonra esta profesión. Que hace del mal gusto, de lo mal educado, de lo violento su palabra. Muchas veces para ofender, agraviar, atacar, lesionar la integridad moral, profesional y personal de muchas personas, políticos, empresarios, comerciantes, trabajadores o colegas.

Un “periodismo” que necesita un espejo, mirarse en el otro para diferenciarse y atacar. Sin argumentos, siempre. Solo con la violencia que producen las palabras, vacías de mentiras, que solo tienen como objetivo lastimar.

Reconozco que me costó Ramallo. Me costó entender que eso es válido. Que todo vale a la hora de hablar en una radio. De que se subestimara al oyente de una manera obscena, que se puede decir cada cosa, cada barbaridad sin medir consecuencias. Que hacer de la mentira un lugar común. Como si todos fuéramos de esa condición.

Uno siempre apela que esta profesión se dignifique por el camino de la verdad y la responsabilidad. Porque eso he aprendido durante años de hacer periodismo. Gráfico, radial, digital, y en este último tiempo en la televisión. Siempre preocupado en el que está del otro lado, de asumir la responsabilidad de estar a la altura de las circunstancias, de satisfacer esa necesidad de estar informado, con respeto y coherencia. Ojo, no soy de los que hacen un culto de la objetividad, el periodismo lo ejercer las personas, sujetos al fin. Y la subjetividad allí radica, en darle el estilo, la impronta, el sello que uno va buscando siempre. Para ser diferente, para ser mejor.

Eso sí, nunca la mentira. Nunca hablar del otro, como un enemigo. Como un ser a combatir. La diversidad es saludable, siempre. Pero hoy eso no existe. Lamentablemente encontramos en el camino seres que los mueve la envidia y la bronca. De verse en ese espejo y no llegar ni a los talones. De querer trascender desde un espacio radial con mentiras, provocaciones e insultos hacia los demás. De encontrase en ese minúsculo lugar de la envidia, que genera violencia y envenena con sus palabras.

Es hermosa esta profesión, no perdamos la oportunidad de ejercerla. Hagamos periodismo. Es una profesión hermosa, maravillosa, llena de gratificaciones. No se dejen llevar por la envidia y la bronca, porque al final, todo vuelve en la vida.





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