Opinión

Argumentos para un debate democrático: interrupción voluntaria del embarazo




Por Fernanda Cerretani.

La cuestión del aborto es un tema espinoso en nuestra sociedad. En estos días se está tratando el proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Por lo general, se visibilizan posturas encontradas al respecto, sin embargo, para poder pensar esta cuestión, se hace imprescindible un debate profundo y democrático.

Hay muchas aristas que permiten pensar por qué es importante la regulación de esta práctica clandestina. El punto crucial desde donde comenzar a debatir la interrupción voluntaria del embarazo tiene que ver con pensar la práctica por fuera de nuestras opiniones individuales como ciudadanos. Es importante tener en cuenta que el aborto excede las propias posiciones. Es decir, el hecho de que exista gente que esté decididamente en contra de la práctica o que nunca la llevaría a cabo no quiere decir que todas personas tengan esa postura. Esta cuestión parece una obviedad, pero no la es porque, en este caso, la prohibición no implica que la práctica no se realiza sino que se hará de todas maneras en situaciones de vulnerabilidad y clandestinidad. Esto refleja que es importante abordar la cuestión como una problemática social que existió, existe y existirá con ley o sin ella.

El planteo anterior corre el eje del debate. Es decir, la cuestión del aborto no gira en torno a la existencia de vida, sino en torno al abordaje legal o clandestino de una práctica histórica que se realiza en nuestra sociedad aún hasta nuestros días. Como ya se mencionó, hay varios aspectos a tener en cuenta.

Por un lado, está la clandestinidad y lo que esta implica. En la actualidad, los abortos que no están contemplados en la ley se practican de modo clandestino. Tanto la práctica quirúrgica como la medicamentosa tienen altos costos económicos que demarca una notoria diferencia entre quienes pueden acceder a un aborto clandestino seguro y quienes no. Una persona que tenga el dinero, podrá acceder a la interrupción en condiciones sanitarias adecuadas. En cambio, la que no pueda, recurrirá a métodos caseros o a lugares donde no hay ninguna garantía. Esto no frena a las personas que desean abortar. Lo harán de todas maneras, independientemente de las condiciones, de las posibilidades, y de las garantías. Una mujer que interrumpe su embarazo con un método casero, como el perejil, una percha o aguja, está diciéndonos a nosotros como sociedad que prefiere cualquier cosa a llevar adelante ese embarazo. Se practicará el aborto a cualquier precio, aunque le cueste la vida.

Otro punto fundamental es que una ley de aborto legal, seguro y gratuito no es una vía libre para hacerlo. La legalidad no aumenta el número de abortos, sí reduce el de muertes. Garantizar el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo no lo convertirá en un método anticonceptivo, sino que se propone como última opción enmarcada en una serie de medidas que se resumen en: educación sexual para decidir y anticonceptivos para no abortar, por último, aborto legal para no morir. Son tres políticas públicas que están articuladas. Se piensa en garantizar, de forma adecuada, la educación sexual integral (ESI) a todas las edades tal y como lo dice la Ley 26.150 sancionada en 2006 para que todas las personas tengan acceso a la información necesaria sobre sus derechos sexuales y reproductivos (entre otros derechos). Conjuntamente con la información, se piensa la entrega gratuita de anticonceptivos porque el cuidado en las relaciones sexuales es una responsabilidad de todos los involucrados. Es decir, el objetivo primero es evitar embarazos no deseados. El objetivo segundo es garantizar que el aborto sea la última medida y la innecesaria.

Estos son algunos de los argumentos que se pueden desarrollar sobre la necesaria despenalización y legalización del aborto. Hay muchos más. Es importante poder pensar en la complejidad de la situación y de la problemática. En un tema atravesado por tantos vectores, es imprudente reducir al debate a la cuestión de la vida, porque lo excede, nos guste o no. Reconocer la existencia del aborto y poder hacernos cargo colectivamente de este problema habla de la madurez de nuestra sociedad.





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