Actualidad

Hacerse cargo




 

Por Carolina Fiori, en su muro de Facebok.

Hoy amanecimos en Ramallo con la noticia, cada vez más recurrente, de un nuevo robo. Toda la mañana en la radio escuchando sobre el asalto en una, en dos, en varias casas de Ramallo en los últimos tiempos. Y -nada es casual en esta vida- también amanecimos con el, cada mez más frecuente (sí, las coincidencias son muchas) olor a mierda que Fiplasto nos obliga a sentir cada día.



Y ojo al lector ingenuo. No es que estos dos hechos no puedan vincularse. Al contrario.
Sucede que Ramallo se está transformando a un ritmo aceleradísimo en una ciudad, con todos los problemas de la ciudad. pero, mientras crece desmedidamente y políticos de turno se jactan de un gran progreso (al que sólo los bobos, los zurdos o los malos intencionados se oponen), los problemas de tal crecimiento no sólo no se resuelven, sino que ni siquiera se consideran. 
Pero hay algo peor, mucho peor que el político de turno, que el locutor de la radio ofuscado, que la polícia que hace oídos sordos. Y atenti lector ramallense, que esto seguro no le va a gustar a Ud.
Como si la seguridad o el control ambiental fueran un tema del gobierno solamente, como si lo que debiéramos resolver es el síntoma y no la enfermedad. Así siento que obramos en Ramallo, no ahora, desde siempre. Y me pregunto si matar el síntoma nos evita un rebrote o, lo que es peor, una epidemia.
En criollo diríamos: atrapar a un chorro que entró a afanar en una casa o birlar el olor a cloaca los 15 días que me voy de vacaciones, son lo mismo, caen en la misma bolsa. Y responden, a mi juicio, a un gran grandísimo problema de todos los pueblos grandes o ciudades chicas: la comodidad.


 


Porque nadie en su sano juicio me negaría que le importa la mancha negra de Fiplasto, que le jode el olor a mierda o los mil pisos que le ponen a cada edificio cagándose en reglamentaciones urbanísticas. Tampoco nadie se atrevería a decirme que le causa indiferencia cuando afanan a un vecino, tenga guita guardada o no, sea un simple jubilado, tu abuelo, tu primo, vos. Pero son poquísimos los que pueden decir que hacen algo por modificar las cosas. Y no hablo de correr al chorro que le afanó al vecino. No. Hablo de darle lugar, tiempo, abrazos, a los cientos de pibes que en Ramallo no ven un futuro ni a la vuelta de la esquina. Como si no drogarse fuera fácil, cuando el hambre y la desilusión pega, y los dealers son chicos bien que venden drogas a chicos mal que ya están cagados desde la cuna. Soy docente de esos pibes, no me jodan. Vayan a ver dónde y cómo viven, y cuánto les cuesta imaginar que su futuro va a cambiar. Los pobres de antes no son los de ahora. 



Y si esto le hace ruido, le cuento que esos pibes son los que en unos años, si no hacemos nada, van a robarle al vecino, al abuelo, a vos. Y entonces sí vamos a mirarlos, a registrarlos y -seguramente- a matarlos. Ahí sí. No antes. Porque aunque se nos haga un nudo en la garganta cuando los vemos inhalar en la plaza, pocos son los que prestan el oído, dan una mano, miran a los ojos a esos pibes.
En la misma línea, la ONG UPVA (a la que pertenezco aunque últimamente no milito, porque yo también decidí hacerme la boluda con tanta y tanta mierda que cae de todos lados) sigue insistiendo y haciendo en torno a la contaminación de Ramallo, que no es cuento, y si no huelan el aire o vayan al río. La gente que allí milita es gente común, como Ud, que deja sus cosas, se hacen tiempo, viajan, sufren, tienden redes, se reunen. Mientras en la radio y en el Consejo los tildan de fundamentalistas, y en la calle se hacen los boludos poniendo cara de circunstancia.



Yo creo que tenemos una posibilidad increíble de cambiar nuestro destino. ¿Saben por qué? porque existe todavía cierta “cercanía” con el OTRO, residuos del pueblo viejo que fuimos. Restos de SOLIDARIDAD por ahí, caras con las que me cruzo y vale un guiño de ojo pa darse cuenta que estamos en la misma cruzada.
Lo que está pasando en nuestra ciudad duele con el dolor de quien no se acostumbra a “estas cosas”. Siempre lo entendí así. Es más fácil cerrar los ojos, las puertas, las rejas, y hasta las ventanas, que salir a la calle a enfrentarse con el dolor. Claro, es obvio. Y sin embargo, la garganta aprieta, no? duele cada vez que nos desayunamos con un nuevo robo, con un nuevo conflicto. Yo digo que si algo se agita en el pecho, todavía hay esperanzas. Que así sea.


 

Por Carolina Fiori, en su muro de Facebok.

 

 





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