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Atanor: El veneno del barrio

Por Lucas Pedulla (Artículo de la Revista MU). La planta de Atanor en San Nicolás que se incendió el domingo tiene un largo historial de denuncias por contaminación en el Barrio Química, que en seis manzanas cuenta doscientas muertes.

 

En el Barrio Química, partido de San Nicolás, entre calles de tierra, otras asfaltadas, pájaros y una extraña armonía, esta mujer de 65 años habla sobre una preocupación que lleva una década: algo, en este barrio aparentemente sereno, los está enfermando. Marta Roma se levanta y dice:

-Esperen acá.

Marta regresa con una remera blanca que tiene estampado en el pecho un mapa de las seis manzanas del vecindario. Se ven así 163 cruces negras censadas por los vecinos, que miran hacia una enorme palabra: “Atanor”.

Marta señala las calles Argerich y Alem:

“Fijate: veintiún muertes solo ahí, en menos de dos años. Que nos digan por qué frente a Atanor hay tantos muertos y enfermos. Yo tengo problemas respiratorios, principio de tiroidismo… hay familias enteras que murieron”.

Hace un mes el juez de Ejecución Penal de San Nicolás, Facundo Puente, ordenó la clausura preventiva de una de las plantas de agrotóxicos de Atanor al probar que allí se arrojaban químicos al arroyo Jaguardón, que desemboca en el río Paraná.

La noticia de hoy es que la planta volvió a funcionar.

La noticia de siempre es que siguen su­mando cruces. Lo que no hace el Estado, como tema de salud pública, lo contabilizan los vecinos. Al margen de los enfermos que siguen vivos, la actualización del mapa de la muerte llega a 200 casos: “El más reciente fue acá a la vuelta”, relata Marta: “Una nena de 6 años”.

En su página web la empresa informa: “En Atanor creemos que la sustentabilidad del negocio es el único camino posible para el futuro”. Presenta sus ocho plantas: Munro, Pilar, Baradero y San Nicolás (Buenos Aires), Río Tercero (Córdoba), Ingenios Concepción y Marapa (Tucumán), y la mina de sal Valuveal (La Pampa).

La planta del Barrio Química cuenta con 115 “colaboradores” y produce:

12 mil toneladas al año de atrazina.

8 mil toneladas al año de simazina.

600 toneladas al año de formulación de herbicidas 2,4D y 2,4DB.

500 toneladas al año de formulación de “insecticidas y otros”.

Atanor se presenta como “el único pro­ductor de 2,4D y 2,4DB del Mercosur y el segundo productor de glifosato de Argentina y uno de los principales productores de Atrazina a nivel mundial”. También destaca la formulación de cipermetrina y clorpirifos, usados en fumigaciones sobre plantaciones transgénicas.

En julio de 2015 la Agencia Internacional para la Investigación sobre Cáncer (IARC) de la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó que el 2,4D -segundo herbicida más utilizado en Argentina, prohibido y limitado en seis provincias-, es “posiblemente cancerígeno”. La misma categoría que el glifosato, el agrotóxico más utilizado en el país, con 200 millones de litros al año. Atanor fabrica 130 millo­nes de litros. El tercer agrotóxico más utilizado es la atrazina.

Atanor produce todos.

Lo tenés adentro

“Nacido y criado en este barrio”, dice Roberto Pereyra, 48 años, pen­sionado, y cuenta que los terrenos se lotearon cuando la fábrica ya funcionaba. “Hay muchos afectados. Yo estoy con problemas respiratorios y tengo heptacloro en sangre”. El heptacloro es un plaguicida prohibido en Argentina y el mundo: “En la Fiscalía me preguntaron a qué distancia vivo de la fábrica. Usted verá: una cuadra”.

Dos de sus tres hijos tienen problemas respiratorios: “Viven con medicamentos”. Su mujer, María Victoria Delgado, cuenta: “Tengo picazón siempre, se me hacen granos, me rasco y me rasco. Y ven­go con problemas respiratorios de antes, con inhalador. Pero lo que me asombra es la cantidad de fallecidos de cáncer que hay en el barrio. Mucho cáncer de pulmón”.

Roberto: “La empresa sigue derramando líquidos, pero nadie se toma esto enserio. Una vez hubo una neblina anaranjada, y se huele a tóxicos, como un gas. Según de dónde sople el viento, agarrate. ¿Por qué no se va la gente? Muchos se han ido. Otros no tenemos dónde. Es un barrio humilde, obrero. ¿A dónde quieren que vayamos?”.

Cuando la ropa pica

Dora Duque vive en una casita de material y techo de chapa con su mamá de 99 años, dos perros y el canto de casi una decena de pájaros.

“Entendías al lavar la ropa. Lo que ten­días afuera quedaba impregnado de ese color amarillo, que no sale. Y si te la ponés, te agarra una picazón que más vale tirar la prenda y listo. También cae como una ceniza negra. Es horrible. Es un olor que me corta la respiración y me va lastimando la garganta hasta dejarme afónica. Los ojos me lloran y la nariz me pica. Todo sale de Atanor. Mis hermanos vivían del otro lado, en un ranchito. Tomaban agua de ahí. Mu­rieron de cáncer: uno de colon, al otro le agarró parte de la carótida en la garganta. Ese trabajaba en Atanor”.

Se llamaba Hugo Rolando Duque. “Una vez lo mandaron a hacer una fosa profunda, llegaron unos tipos de blanco, con máscaras, y enterraban cosas. Escombros, materiales. Cuando volvía de trabajar Hugo tenía la nariz amarilla. Cuando empe­zaron las denuncias lo entrevistaban porque sabía mucho. Una vez le dijeron, con abogados, que no hablara, se iba a meter en problemas. Pero él siguió contando lo que sabía, hasta que falleció”.

Atanor pertenece al grupo multinacional Albaugh LLC, con sede en Estados Uni­dos, y un 20% de su paquete accionario en manos de la agroquímica china Huapont Nutrichem Co. Nació en 1938 como una so­ciedad mixta privada y estatal. En 1988 Compañía Química S.A (de Bunge y Born) adquirió el 34% de las acciones y obtuvo así acciones de YPF y Fabricaciones Militares. En 1997, Albaugh compró el 51% del capital a Bunge y Born. En 2005 vendió la planta de Llavallol tras las denuncias por el vuelco de desechos tóxicos al Riachuelo.

Atanor es además la mayor corporación azucarera del país: de la caña extraen com­ponentes para la formulación del glifosato. Pero la agencia de noticias Bloomberg informó que Atanor proyecta vender sus dos ingenios (Concepción y Marapa) por 200 millones de dólares “en tanto se con­centra en su negocio de protección de cultivos, y pone la mira en activos que podrían salir a la venta ante la fusión de Bayer-Monsanto”. La facturación de Ata­nor alcanza los 600 millones de dólares anuales. La firma posee en el país el 10 por ciento de cuota de mercado de productos vinculados al agronegocio, equivalente a 2.500 millones de dólares.

Corrupciones

Las primeras denuncias de conta­minación fueron realizadas por los propios trabajadores. Hubo causas judiciales, penales y administrativas, acompañadas por el Foro de Medio Ambiente de San Nicolás (Fomea), Protección Ambiental del Río Paraná y la asociación civil Optar, dedicada a brindar trabajo a jóvenes con discapacidad.

“Cuando hay una población con índices tan elevados de enfermedad y muerte en proximidades de una empresa que mani­pula elementos químicos de manera tan desaprensiva como lo hace Atanor, es presumible que allí esté la causa de las enfermedades que denunciamos”, dice Fabián Maggi, abogado de un grupo de vecinos.

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“Cuando hay contaminación no hay solamente un empresario contaminador sino un funcionario corrupto. Atanor no tie­ne permisos de descarga de efluentes gaseosos al aire, ni líquidos al río. Sin embargo el OPDS (Organismo Provincial para el Desarrollo Sostenible), que es la autoridad de aplicación, le dio el certificado de aptitud ambiental. Otra situación se plantea con la Autoridad del Agua (ADA) y sus convenios con Atanor, donde la propia empresa pagó viáticos y alojamientos a los inspectores que debían fiscalizarla. Es una franca muestra de corrupción de funcio­narios. Todo está denunciado”. El cuadro de lo denunciado por el doctor Maggi se completa con la noticia de que está mal habilitada la enorme chimenea que des­prende gases y esa nube anaranjada que cada tanto ven los vecinos, y se comprobó lo que había denunciado Hugo Duque: se enterraron residuos tóxicos, como lo demostró el trabajo de otro de los impulsores de que tampoco la información sea enterrada: el ingeniero Martín Solé.

A fines de agosto el juez Facundo Puente allanó Atanor y clausuró provisoriamente la planta de síntesis de atrazina al corroborar las denuncias por contaminación. Prohibió el vertido de efluentes, y el ingreso de camiones desde otras plantas de la empresa, con materiales para ser volcados al río. Obligó a informar qué trans­portan esos camiones. La Cámara de Apelaciones confirmó la medida, pero solicitó que la empresa estuviera en funcionamiento para extraer muestras de agua. Puente lo hizo. Maggi: “El juez simplemente levantó la clausura. La actividad de Atanor quedó sin control alguno”.

MU se comunicó con el juzgado, pero el juez pidió licencia tras el fallo.

En la Municipalidad no contestaron al pedido de entrevista.

En Atanor, tampoco.

Atanor desde adentro

Uno de los trabajadores que disparó las primeras denuncias es Darío Álvarez, 50 años. Comenzó a trabajar en la planta de San Nicolás a fines de los 90. Lo echaron en 2005 por un accidente laboral. Hoy está con problemas alérgicos y dolores en las articulaciones.

“Envasaba y formulaba agroquímicos. Salían para Dow o Nidera, pero todo era de Atanor. ¿Derrames? Permanentemente. Eran de 2 mil y hasta 5 mil litros. Muchas veces no te dabas cuenta porque no andaba la alarma. No tenían un dique, una pileta para controlar. Todo iba al río, y después te hacían lavar. Yo no entendía la peligrosidad del producto. Pero teníamos los brazos salpicados, porque las máquinas además eran viejas y andaban mal. Un par de veces, envasando Herbifen, me deshidraté, me tuve que ir a casa con medicamentos, todo acalambrado”.

Dice que nunca vio a un inspector del OPDS. “Aprobaban todo sin mirar nada. Solo iba Prefectura, pero la empresa se enteraba antes, y nos hacía limpiar bien”.

Álvarez habla de sus compañeros: “Néstor Moreno entró conmigo. Tenía 36 años. Estaba en el sector Glifosato. Me dijeron que le agarró leucemia, pero murió reventado: le sangraban los ojos, los oídos. A otro, Néstor Acosta, le sacaron un riñón. En la planta de salicílico todos fueron operados del ano, de apendicitis, tenían problemas estomacales, la piel quemada. Si se volcaba la cipermetrina, por ejemplo, no podías respirar. Un día el supervisor agarró un frasco para ver si estaba bien la numeración. Después fue al baño, y al hacer pis se tocó los testículos: se le inflamaron así. La irritación que te provocaba en los ojos te dejaba enceguecido. Una vez estalló un tanque y ahí fue cuando toda una nube naranja invadió San Nicolás. No había plan de contingencia, y la seguridad siempre dejó mucho que desear”.

¿Por qué pasaba eso? “Por falta de inversión. Y juegan con la desinformación. Cuando ingresamos nos dieron una charla: no podíamos decir absolutamente nada de lo que veíamos ahí. Teníamos que firmar una especie de acuerdo, como si fuera de silencio. Te instalaban un miedo: si hablabas, te quedabas sin laburo”.

Lina duele

Otra puerta del Barrio Química se abre. Otra historia. Carolina Alejandra Cruz, 38 años, empleada doméstica, invita a pasar. Y a escuchar.

Su hija Lina nació en 2010. “Vivía congestionada, con alergias, broncoespasmo. A los 3 años la operamos de los oídos. A los 5 años volvió a escuchar mal, ponía la TV fuerte. Volvimos a operarla en junio del año pasado. Y supimos lo que nunca imaginé”.

¿Qué es lo que Carolina no imaginaba? “Un viernes Lina fue al jardín. Una de mis sobrinas me dijo: ‘Tía, tiene elevada la costillita’. Pensé que era un golpe. La llevé a la guardia, no la quisieron atender. No tenía dolor. Fui de nuevo. Le hicieron una ecografía y una placa. Me dijeron que había que hacerle un estudio de alta complejidad que ahí no podían hacer. Preparé el bolso y fuimos a Rosario. Le hicieron una tomografía y le diagnosticaron un tumor. Ya era sábado. Se me vino el mundo abajo. ¿De qué era? ¿De dónde viene? Si en mi familia no tengo a nadie con eso. ‘Está muy complicado’, me decían. Respiraba mal. A la noche, en el sanatorio, se puso morada. La derivaron. Me decían que tenía líquido en los pulmones, que le estaba oprimiendo el corazón. Imaginate: de un viernes en el jardín a un domingo en un sanatorio. El lunes le hicieron una punción para saber qué tenía, para ponerle un nombre y ver con qué clase de quimio iban a empezar. Era rabdiomiosarcoma estadio IV. Ese día la oncóloga me dijo: ‘Es un 40 ó 50% de cura’. Apostábamos que se iba a achicar para poder operarse. Pasaron los meses, pero los estudios no respondían como ellos querían. Y no podían hacer la cirugía de alta complejidad. Había que ir al Italiano o al Garrahan. Decidimos el Garrahan. No queríamos pensar lo peor. Nunca tratamos de mentirle a Lina. Dijimos: que ella entienda a su manera. Así fue. Le hicieron rayos, quimio oral, pero no avanzaba. En el hotel del Garrahan tuvo un episodio de ahogamiento. Un llamado de atención. No podía estar ahí, tenía que estar en el hospital. Ya no respiraba muy bien, estaba somnolienta. Vinieron los tíos, toda la familia. Ya estaba medio dormidita. Me pedía solamente hacer pis. Ese día la bañé, comió, cantamos. No pensé que se me iba. Pero se fue”.

Lina murió el 25 de julio de 2016.

La enfermera especialista en cuidados paliativos del Garrahan, Mercedes Mechi Méndez, con experiencia en atender niños con cáncer que llegan de sitios en contacto con agrotóxicos, le preguntó a la familia si vivían cerca de alguna fábrica, de alguna empresa, de una zona potencialmente peligrosa. Le contestaron que sí: “enfrente”.

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